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05 julio, 2010

¡En Semifinales!

Cuando el balón del 'guaje' Villa golpeó por segunda vez el palo de la portería defendida por Justo Villar, todo nuestro universo deportivo y nuestra concepto del deporte rey cambió por completo. Desde el momento en que nuestros ojos contemplaron a la pelota deslizarse suavemente por la red paraguaya, dejamos de apreciar el futuro con recelo. Veíamos, por primera vez en la historia, la posibilidad real de jugar unas semifinales. Hasta ahora, confiábamos en que este equipo podía hacer algo grande y todos nostros con él, pero siempre, lo quisieramos o no, nos acechaba un residuo del fatalismo, cultivado con toda justicia tras décadas de infortunios y eliminaciones en los momentos de mayor ilusión. Hace dos años rompimos una barrera muy grande con la victoria en la Eurocopa, pero un mundial sobrepasa en grandeza -y, además, dureza- a cualquier otra competición internacional. Es algo más, se nota y lo sabemos. Por eso, cuando el árbitro hizo sonar su silbato por última vez y comprobamos que España todavía no se volvía para casa, sino que, por el contrario, Alemania nos esperaba en la siguiente ronda, la penúltima del mundial, la alegría se desbordó en todos los rincones de España, incluidos los del corazón.



El partido no fue bonito. No se jugó como otras veces, desde luego, pero tampoco fue el desastre que muchos han visto y otros han querido ver. El dominio fue del conjunto español, pero le faltó lo mismo que en los anteriores encuentros. El gran déficit de este equipo sigue siendo el orden en el ataque. Entre otras cosas, Villa se ve desplazado por la presencia de un Torres que, a pesar de la enorme entrega de la que hace gala en cada partido, no termina de arrancar y a estas alturas de campeonato parece que ya no lo hará. Tras una primera parte bastante deficiente, la segunda, con sus idas y venidas, permitió al espectador disfrutar -¡y sufrir!- con lo que es un partido en la máxima competición internacional. Por suerte, en el intercambio de golpes, entre los que se incluye un penalty que detuvo el siempre enorme Casillas, los nuestros supieron sacar ese plus de calidad que les diferencia del conjunto paraguayo y, de esa manera, hacer el gol que nos ponía por delante en el marcador. Un gol con el que toda una nación saltaba de felicidad. Corría el minuto 82 de partido y, entonces sí, nos creímos con el derecho de sabernos semifinalistas. Un llegada más de los paraguayos, que de nuevo salvó Casillas, nos hizo contener la respiración por última vez. Ya sólo quedaba esperar con trémula emoción que el árbitro guatemalteco señalara el final del partido.


Ahora España se enfrenta a lo desconocido. Nunca antes habíamos llegado a este punto en una Copa del Mundo. No le tenemos miedo a la situación ni debemos tenérselo. Todo el respeto del mundo, eso sí, pero nada que Alemania o cualquier otro equipo campeón no haya tenido antes. Todos han pasado por este trance. Para todos ha habido una primera vez. España es novel en asuntos de semifinales, como una vez lo fue la Alemania que ahora tiene tres marcas en su revolver mundialista. Va a ser un partido intenso y de infarto, pero también va a ser, como indicaba Iniesta en la rueda de prensa inmediatamente posterior al encuentro, un partido "muy bonito". Sólo nos queda disfrutar. Lo conseguido hasta ahora es mucho, pero a nadie engañamos si decimos que perder sería decepcionante. Estos jugadores, este entrenador y las magníficas sensaciones que transmiten nos permiten, y hasta cierto punto nos obligan, a tener una ilusión nunca antes experimentada. Saben competir y pueden jugar muy bien. Siempre salen a ganar y debemos confiar en ellos. Se lo han ganado.

La cita es el miércoles a las 20:30. ¿Alguien se lo va a perder?

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